Aprendiendo a Jugar

Durante este verano he tenido la suerte de formar parte de un grupo de entrenadores y monitores que se encargaban del cuidado de niños y niñas de entre 8 y 13 años. Se hicieron grupos de 15-20 niños de todas las edades, de modo que en todos los grupos había importantes diferencias físicas y técnicas. El objetivo del curso era que los participantes se divirtieran y aprendieran practicando deportes como hockey, rugby, atletismo y baloncesto. Ha sido una experiencia que me ha permitido conocer profesionales de otras modalidades deportivas, además de los muchos niños y niñas que participaron.

Una de las claves que más me atrajo fue la calidad humana de los compañeros. Cada uno se encargaba de preparar y dirigir sus entrenamientos, pero en los descansos aprovechábamos para poner en común las diferentes anécdotas o curiosidades de cada sesión. Durante estas conversaciones grupales iba saliendo información de los niños y niñas que más destacaban (para bien o para mal). Conocí muchos niños y niñas que se portaban genial: escuchaban las explicaciones y correcciones, intentaban hacer cada ejercicio lo mejor que podían, ayudaban a sus compañeros cuando veían que alguien lo necesitaba,… ¡un lujo de personas!

rugbyPor otro lado, entrenamos a niños cuyas prioridades iban en otra dirección, concretamente la competición. Es sencillo entender por qué nos gusta ganar, también es simple comprender por qué no nos gusta perder, pero en estos casos el nivel de competitividad alcanzó unos niveles muy superiores a los que corresponden a las edades de los participantes. Lo que me llamó la atención fue que una gran mayoría se regía por la competición y el orgullo. Es decir, primero competían y, cuando ganaban, tocaba festejarlo y regodearse del derrotado.

No sé por qué me sorprendió tanto, los niños aprenden rápido y teniendo en cuenta algunos de los valores que se promueven actualmente en el deporte profesional, me parece hasta lógico. Algunos de los niños actuaban casi automáticamente: después de perder se enfadaban, ponían su cara de “ahora ya no juego” y a partir de ahí era cuestión de animarles y convencerles o resignarse a verles enfadados en una banda hasta que se les pasara. Como digo, teniendo en cuenta el entorno, comprendo esta reacción; lo que no comprendo es que niños de 8 años pasen al siguiente nivel en la escala de astucia o “pillería”. Me refiero a la mentira y a hacer uso de ella con el único objetivo de beneficiarse. Los ejemplos son muchos, desde caer eliminado en un juego y mentir para seguir optando a la victoria, hasta ser corregidos por cometer algún error y negar haberlo cometido.

Cada día había, al menos, dos o tres casos de mentiras, enfados y egos. Pero poco a poco la mayoría de los niños y niñas se fueron relajando y comprendiendo que estaban en un entorno seguro y de confianza donde se podía fallar y aprender, además de ganar y competir. Al ver el ambiente que se generaba, incluso algunos de los más competitivos comprendieron que era más divertido jugar sin enfadarse que pelearse con el mundo por ganar siempre. Recuerdo que el objetivo era aprender y divertirse, lo de ganar y competir vino de algunos participantes.

“Habría que inventar un juego en el que todos ganásemos.”

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